Si hay un monumento que identifica, sin la menor duda, a Segovia, dejando al margen el tema culinario y su famoso cochinillo, es su archiconocido Acueducto. Aunque está datado en la época de los Flavios, entre la segunda mitad del siglo I y comienzos del siglo II, siendo emperadores Vespasiano y Trajano, hay una leyenda que lo sitúa más próximo. La fábula asegura que una criada, harta de tener que trasladar todas las noches agua del río a la casa de su señor para que éste la disfrutara, convocó al ángel caído e hizo un pacto con él. Ella le daría su alma si durante la noche y antes de amanecer el diablo solucionaba el problema. Así, el demonio y sus esbirros comenzaron a erigir el Acueducto pero aún quedaba por colocar un piedra cuando se asomó el sol por primera vez, de modo que belcebú tuvo que irse con las manos vacías. La criada se lo contó al cura y éste mando colocar en el hueco de la piedra, una imagen de la Virgen y de San Esteban por el milagro acaecido.
Al margen de fantasías, el Acueducto de Segovia es impresionante desde todos sus flancos. Desde abajo (en la plaza de azoguejo), uno se siente como un pequeño liliputiense impotente ante semejante mole de piedra, desde arriba uno se pregunta cómo fue posible realizar tamaña obra de arquitectura. Construido con sillares de granito colocados sin argamasa entre ellos, está formado por 167 arcos y en su parte más profunda mide 28,5 metros.
Al mantenerse activo a lo largo de los siglos, ya que casi hasta nuestra época proveía de agua a la ciudad, se ha mantenido en perfecto estado. La última restauración duró ocho años constituyendo un proyecto que desvió el tráfico de las inmediaciones y convirtió a la plaza de azoguejo en peatonal.

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